miércoles, 22 de enero de 2014

La cápsula del tiempo.

Contó hasta tres y desenterró el paquete. Había salido de casa en plena noche con la cazadora vaquera que le había comprado su abuela como único abrigo y con las prisas había olvidado calzarse así que los trescientos dieciséis pasos desde la casa del árbol se le habían hecho muy largos.
Siempre le había gustado notar la hierba mojada bajo sus pies, pero esta vez hacía demasiado frío, y ella estaba demasiado nerviosa.
Siempre había querido desenterrar su cápsula del tiempo y Eliot le había explicado mil veces como hacerlo.
- Es fácil Inés, trescientos dieciséis pasos desde tu casa del árbol en dirección a mi casa, allí nos reuniremos los dos porque son exactamente seiscientos treinta y dos desde la mía, que es justo el doble. Así no se nos olvidará aunque pasen 20 años.
El cielo de aquella noche estaba precioso, Lleno de estrellas y con la luna en la misma fase que aquella noche hacía 22 años. Pero Inés sentía que era una estupidez hacer todo esto ahora. Primero porque ella ya tenía 32 años, segundo porque sus pasos seguro que eran mucho más grandes y tercero, y más importante, porque Eliot ya no estaba en este mundo.
Aún así, las promesas se cumplen y desde hacía dos años, sentía que había incumplido su palabra.

Contó hasta tres y desenterró el paquete. Allí estaba, sonrió al ver que había sido capaz de encontrarlo, que seguía allí, tal y como dijo Eliot, pero lloró al pensar que él no.
Se sentó en el suelo húmedo por el rocío y abrió la caja. Dentro no había más que dos cartas, la suya para Eliot y la de su amigo para ella, y dos figuritas de arcilla que hicieron juntos esa tarde hacía ya veintidós años.
Leyó su carta y no pudo evitar que las lágrimas rodaran por su cara en caída libre hacia el interior de la caja. Entonces, sacó de su bolsillo una carta, está vez con caligrafía de adulto y la colocó junto a la de niña. Es para ti Eliot, dijo suspirando. Entonces, se levantó y antes de poder guardar de nuevo la caja, una ráfaga de viento se llevo las dos cartas. Corrió tras ellas, resbaló y cayó. De repente, fuertes carcajadas inundaron la noche. Inés reía feliz como desde hace tiempo no lo hacía. Las dos cartas habían parado el vuelo, lejos del alcance de cualquiera, en lo alto de la casa del árbol de Eliot.

Karol Conti.



martes, 7 de enero de 2014

Imágenes



Ojalá supiera dibujar. No me refiero a dibujar cuatro líneas simulando un coche pero que si lo miras girando el folio bien podría ser una casa de Gaudí. Me refiero a dibujar bien, a plasmar en el papel tantas y tantas imágenes que no me caben en las palabras.
¡Una imagen vale más que mil palabras! O eso dicen, así que por mucho que los que me leen se atreven a decir que mis textos brillan o que están llenos de imágenes, no dejan de ser el hermano pequeño de aquella ilustración que se queda presa en mi cabeza.
A veces cojo un papel e intento liberarla, y tras palabras y más palabras… 
Un coche, o una casa, según se mire.
Karol Conti. 

domingo, 22 de diciembre de 2013

Felicidad!

Fresas, una tarta llena de fresas, con un montón de chocolate escondiendo miles de fresas secretas colocadas sobre un bizcocho en forma de flor. La pequeña Inés no había dudado ni un segundo y aun seguía añadiendo fresas a su descripción de la felicidad mientras que Juan, sentado en silencio en su pupitre intentaba dibujar la suya. 
La maestra al verle tan concentrado se acerco hasta él y soprendida por su representacion le preguntó - Juan, ¿Por qué has dibujado una tormenta?si cuando llueve no podemos hacer nada, hace frío, se llena todo de barro... ¿Acaso no has entendido el ejercicio?
El niño levanto la vista del papel, sonrió a su maestra y le dijo... Porque está apunto de salir el arcoiris, mamá ya estará apunto de abrir la ventana y cerrar los ojos para tomar aire y decir "Qué bien huele" Papá ya habrá ido corriendo a por las botas de agua para que salgamos con él a pisar charcos y mi perro estará nervioso en la puerta moviendo el rabo, dispuesto a ganarnos la carrera a todos... 
Karol Conti. 
 

lunes, 15 de julio de 2013

Metamorfosis

"En lo que se convierte cuando no le tiene miedo a nadie" le transporta a un lugar donde se detiene el tiempo. 
Son pocas las ocasiones que encuentra para la metamorfosis, las calles están siempre llenas y sus rincones favoritos, ahora en verano, llenos de mosquitos. 
Pero cuando pasa, cuando deja de tener miedo, se transforma y puede volar hasta los rincones más bonitos, lejos de las calles llenas de bichos. Y allí paran el tiempo y giran y giran sin entenderlo, como un molinillo sin viento. 
Pero ahora en la soledad de una plaza llena de miradas, no hay nada más que susurros y frases inacabadas. 

Karol Conti 
( Para C ) 

domingo, 7 de abril de 2013

Mapache

Y aquel mapache salió de la habitación dando un salto por la ventana.
-¡ Miguel !- Grite, pero nadie contestaba. Sobre la mesa, un perrito caliente mordisqueado y lo que parecían miguitas hasta la ventana.
- ¡ Miguel! Volví a gritar.
En el suelo un palo viejo crujió bajo mi pie, al agacharme a cogerlo pude leer aquel papel arrugado.
" Tras unos parches negros, se encuentra el viejo sueño, vivir en el parque, mejor si se es mapache".
¿Miguel? Pregunte esta vez con un tono más débil y el papel aun entre mis manos, al observar en la repisa de la ventana al pequeño mapache. Entonces, miró la varita rota bajo mi pie, recogió la cola entre sus patas y siguió comiéndose el perrito que horas antes había dejado en su mesa.
Karol Conti (para A)

viernes, 22 de febrero de 2013

Prisas!

Me monté en aquel autobús sin saber a donde iba. No me importaba el destino porque sólo quería salir corriendo de aquel lugar. Dejarlo todo atrás. Tanta prisa llevaba que casi olvido la pequeña mochila que había preparado en aquellos cinco minutos de discusión con quien, por entonces, era la persona más importante de mi vida.
Una vez montada, recordé que me había dejado mi cuaderno de notas sobre la mesa.
- "Las prisas no son buenas". La voz de mi madre se coló en mis pensamientos como un pequeño pepito grillo. Da igual, pensé. Ya no hay vuelta atrás.
El viaje, se me hizo eterno, y eso que conseguí dormir un par de horas.
Al despertar, el autobús se había detenido. Un pequeño señor con gabardina y maletín subía por las escaleras. Se acercó hasta mí, me saludó y sacó una pequeña libreta del maletín. Fue en ese mismo momento cuando recordé que no había sacado el billete.
Karol Conti.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Coaching deportivo.

El partido más importante de la temporada y ahí estábamos esperando a que mi entrenador nos diese "la charla" como si fuesen las espinacas de Popeye.
En el vestuario las paredes sudaban el nerviosismo que alguna había intentado quitarse con una ducha.
- Escuchadme todas, porque esto, os hará ganar.
Era la primera frase de aquel discurso, y para mí, paró el tiempo. Pude entonces observar aquello como si fuese una fotografía que aún guardo en mi memoria.
A mi lado Ana, sentada con las manos vendadas permanecía mirando al suelo, concentrada en cada una de las palabras. Junto a la puerta estaba Eva, ella siempre se levantaba y seguía el ritmo con el balón en los pies. Algunas, como Sara, miraban atentas a los ojos del mister, tratando de traspasar su discurso, de captar su esencia.
Me fijé entonces en mi entrenador, en como movía las manos de un lado a otro. Gesticulaba y hablaba en un tono alto y atropellado. Buscaba contacto visual con las que le miraban atentas y sonreía ante aquellas que miraban al suelo o a cualquier otra parte. Y entonces, antes de pronunciar la última frase, cogió el balón que tenía Eva y se lo pasó de una mano a otra, una vez por cada palabra. Justo después de devolvérselo a los pies, terminó su discurso con un
- ¡No se trata de ganar, se trata de sentirse ganadoras!
¿El partido? Lo ganamos, pero desde el mismo momento en que, a nuestra manera, prestamos la máxima atención a "la charla" convirtiéndola en las espinacas de Popeye.
Karol Conti.